Fábula: Una buena mano
Víctor García Montero
18 Enero 2012
El tren hizo su última parada en la estación de Atocha y aún no eran más de las once de la mañana. Desperezándome de la cabezada que había dado y estirando mis brazos intenté que mis ojos volviesen a abrirse, ávidos de reencontrarme con Madrid. El viaje no había sido largo pero el sueño es algo que siempre me acompaña. Con paso taciturno, aún un poco embotado en mis pensamientos, bajé del tren con mi pequeña bolsa de mano (un equipaje realmente ligero pero adecuado al tiempo que estaría en la ciudad) al hombro, parándome tan solo para alisarme la chaqueta. No tardé demasiado en localizar la salida adecuada y encaminarme hacia el exterior...
Madrid en enero podía parecer una ciudad un tanto gris. Ya se habían apagado las luces y adornos que embellecían la capital, dejando tan solo los vacíos esqueletos testigos de su paso por ella y, por supuesto, el frío, ese frío seco que te atenazaba con fuerza y parecía no querer soltarte.
Fotos de: espormadrid.es y de madrilez69's-photobucket
La ciudad bullía y se movía acelerada, como si faltase a su propia cita. Las personas corrían alrededor, subían y bajaban de los coches y se encaminaban por doquier en una carrera cuya meta parecía inalcanzable. Con suma tranquilidad, pese a los intentos de la urbe por hacerme partícipe de su estresada vida, decidí detenerme a desayunar en uno de los restaurantes cercanos. El hotel seguiría en su sitio y la habitación presumiblemente también.
Ya con el café en la mano y mi bloc de notas en la mesa decidí que era un momento tan bueno como otro cualquiera de examinar mis posibilidades de trabajo para ese día: Madrid era un centro neurálgico pero, pese a ello, el poker apenas empezaba a arrancar en los casinos de la comunidad. ¿Cómo podía ser posible? Las oportunidades de entrar en una buena partida de texas hold'em eran mas bien escasas; era fácil encontrar partidas "hiperturbo" de bajo coste y estructuras pésimas (que premiaban la varianza y fomentaban el "lotopoker"), sit&go pensados para que el casino no pierda dinero con ellos (mermando la jugabilidad de los mismos), mesas de "cash" escasas donde esperar durante horas a ser llamado y, finalmente, los torneos más apetecibles que mantenían un coste un tanto excesivo para sus estructuras "mermadas". La otra opción para la Comunidad y sus aficionados pasaba, sin duda alguna, por la opción menos legal. Los clubes privados.
Multitud de locales se habían empapado de la "fiebre del poker" y realizaban partidas de todo tipo en sus trastiendas o en lugares especialmente habilitados para ello. Destacablemente famosos eran un par de estos lugares donde, por suerte, imperaba la ley del poker como divertimento, como acto creado por y para el jugador. Torneos con estructuras mas que adecuadas, mesas de cash de niveles bajos y medios o simples mesas de sit&go donde los propios jugadores podrían decidir el coste y nivel, ¡e incluso verdaderos satélites para eventos nacionales!.
Foto de: viajejet.com y sectordeljuego.com
Quedé un rato pensativo, intentando dilucidar el motivo por el cual los casinos no habían conseguido que el poker estuviera en sus manos, mientras que en otras partes, en casinos mucho menores que los que Madrid nos brindaba, la oferta era considerablemente mayor e incluso comparable a la demanda que hacían los propios jugadores. Por suerte, como podía suceder en un torneo de "texas hold'em", el inicio de la partida no sentenciaba el resto del mismo y aún quedaba tiempo de reaccionar.
Cerré mi bloc de notas y apuré el café. No era demasiado tarde pero en mi mente ya podía ver el lugar donde mis pasos me llevarían esa misma noche. Madrid era una ciudad muy grande y el tiempo siempre jugaba en mi contra pero estaba dispuesto a utilizar mis cartas para sacar el mayor provecho a mi estancia...